No digas que mi arte es fraude: todos viven de apariencias. El mendigo mendiga con ella, y el alegre cortesano gana tierras y títulos, rango y poder, mediante apariencias; el clero no la desdeña, y el audaz soldado complementa con ella su servicio. Todos la admiten, todos la practican; y aquel que se contenta con mostrar lo que es, tendrá escaso crédito en la iglesia, el campamento o el estado. Así va el mundo.
Alberto Malvoisin, presidente, o, en el lenguaje de la Orden, preceptor del establecimiento de Templestowe, era hermano de aquel Felipe Malvoisin que ya ha sido mencionado ocasionalmente en esta historia y estaba, al igual que dicho barón, en estrecha liga con Brian de Bois-Guilbert.
Entre los hombres dissolutos y sin principios, de los que la Orden del Temple contaba por desgracia con demasiados, Alberto de Templestowe descollaba; pero con esta diferencia respecto al audaz Bois-Guilbert, que sabía arrojar sobre sus vicios y su ambición el velo de la hipocresía, y asumir en su exterior el fanatismo que interiormente despreciaba. Si la llegada del Gran Maestre no hubiera sido tan imprevistamente repentina, no habría visto en Templestowe nada que pudiera parecer que denotaba relajación alguna de la disciplina. Y, aun a pesar de haber sido sorprendido y, hasta cierto punto, descubierto, Alberto Malvoisin escuchó con tanto respeto y aparente contrición la reprensión de su Superior, y se dio tanta prisa en reformar los puntos que este censuraba—logrando, en fin, tan bien dar un aire de devoción ascética a una comunidad que hacía poco se entregaba al desenfreno y al placer—, que Lucas Beaumanoir empezó a concebir una opinión más alta de la