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XXXIX

Orden, por no mencionar la prebenda que Mont-Fitchet le había prometido, con la condición de que propiciara la condena de la desafortunada Rebeca. Sin embargo, aunque al combatir los mejores sentimientos de su amigo poseía toda la ventaja que una disposición astuta, serena y egoísta tiene sobre un hombre agitado por pasiones fuertes y contrapuestas, se requirió toda la habilidad de Malvoisin para mantener a Bois-Guilbert firme en el propósito que le había persuadido a adoptar. Se vio obligado a vigilarle de cerca para evitar que retomara su propósito de huida, a interceptar su comunicación con el Gran Maestre, no fuera a romper abiertamente con su Superior, y a renovar, de vez en cuando, los diversos argumentos con los que se esforzaba en demostrar que, al presentarse como campeón en esta ocasión, Bois-Guilbert, sin acelerar ni asegurar la suerte de Rebeca, seguiría el único curso con el que podía salvarse de la degradación y la ignominia.

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