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Epístola dedicatoria

historia con invenciones modernas y transmitiendo a la generación venecera falsas ideas de la época que describo. No puedo menos que admitir, en cierto sentido, la fuerza de este razonamiento, el cual sin embargo confiero con las consideraciones siguientes.

Es verdad que ni puedo ni pretendo observar una precisión completa, ni siquiera en asuntos de indumentaria externa, y mucho menos en los aspectos más importantes del lenguaje y las costumbres. Pero el mismo motivo que me impide escribir los diálogos de la obra en anglosajón o en francés normando, y que prohíbe que presente al público este ensayo impreso con los tipos de Caxton o Wynken de Worde, me impide intentar confinarme dentro de los límites de la época en que se ambienta mi historia.

Es necesario, para despertar interés de cualquier índole, que el tema adoptado sea, por decirlo así, traducido a las costumbres, así como al lenguaje, de la época en que vivimos.

Ninguna fascinación se ha asociado jamás a la literatura oriental que iguale a la producida por la primera traducción de los Cuentos árabes del señor Galland; en la cual, conservando por una parte el esplendor de la indumentaria oriental, y por otra la extravagancia de la ficción oriental, los mezcló con la justa medida de sentimiento y expresión ordinarios como para hacerlos interesantes e inteligibles, al tiempo que abreviaba los relatos prolijos, recortaba las reflexiones monótonas y rechazaba las interminables repeticiones del original árabe.

Los cuentos, por lo tanto, aunque menos puramente orientales que en su concepción primigenia, resultaron eminentemente más adecuados para el mercado europeo y obtuvieron un grado de favor público sin rival, el cual jamás habrían alcanzado de no haberse familiarizado en cierta medida los modales y el estilo con los sentimientos y hábitos del lector occidental.

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