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XXXII

«Nada de peleas —dijo el Caballero—, no es más que un amistoso intercambio de cortesía. Frai, golpea si os atrevisteis... resistiré vuestro golpe, si vos resistís el mío».

—Ventajas llevas con esa olla de hierro en la cabeza —dijo el eclesiástico—; mas ¡a ti atengo! Al suelo vas, aunque fueras el Goliat de Gat con su casco de bronce.

El Fraile se desnudó el forzudo brazo hasta el codo y, poniendo toda su fuerza en el golpe, le dio al Caballero una bofetada que podría haber derribado a un buey. Pero su adversario se mantuvo firme como una roca.

Un fuerte grito fue emitido por todos los hombres libres de alrededor; pues el bofetón del Clérigo era proverbial entre ellos, y pocos eran los que, en broma o en serio, no habían tenido ocasión de conocer su vigor.

—Ahora, Sacerdote —dijo el Caballero, quitándose el guantelete—, si llevo ventaja en la cabeza, no la llevaré en la mano; mantente firme como un hombre de honor.

“ Genam meam dedi vapulatori ⁠—He entregado mi mejilla al que me golpea —dijo el Sacerdote—; y si puedes moverme de este sitio, amigo, te concederé de buena gana el rescate del judío”.

Así habló el fornido Sacerdote, asumiendo, por su parte, un gran desafío. ¿Pero quién puede resistirse a su destino? El revés del Caballero fue propinado con tal fuerza y buena voluntad, que el Fraile rodó cabeza abajo por la pradera, con gran asombro de todos los espectadores. Pero se levantó ni enojado ni desmoralizado.

—Hermano —le dijo al Caballero—, habrías debido emplear tu fuerza con más discreción. Habría mascullado una misa coja de haber me roto la quijada, pues mal toca la gaita al que le faltan las quijadas inferiores. Sin embargo, ahí tienes mi mano, como amistoso testimonio de que no volveré a intercambiar golpes contigo, habiendo salido perdedor en el

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