más profunda reverencia y terror que aquel con el que el judío se aproximó a la presencia del Gran Maestre. Cuando hubo avanzado hasta una distancia de tres varas, Beaumanoir hizo una seña con su bastón para que no diera un paso más. El judío se arrodilló en el suelo, el cual besó en señal de reverencia; luego, poniéndose de pie, permaneció ante los templarios con las manos cruzadas sobre el pecho y la cabeza inclinada, en una actitud de total sumisión propia de la esclavitud oriental.
“Damián —dijo el Gran Maestre—, retírate y ten una guardia lista para acudir a nuestra repentina llamada; y no permitas que nadie entre en el jardín hasta que lo abandonemos”. El escudero hizo una reverencia y se retiró. “Judío —continuó el altivo anciano—, préstame atención. No conviene a nuestra condición mantener una larga conversación contigo, ni malgastamos palabras ni tiempo con nadie. Por tanto, sé breve en tus respuestas a las preguntas que voy hacerte, y que tus palabras sean verdaderas; pues si tu lengua me engaña, haré que te la arranquen de tus infieles mandíbulas”.