—Malvoisin —dijo el caballero—, te lo agradezco; ¡has tocado la cuerda que hace vibrar mi corazón con más fuerza! —Pase lo que pase, al nombre de Bois-Guilbert jamás se le añadirá el dictado de cobarde. ¡Plegue a Dios que Ricardo, o cualquiera de sus fanfarrones secuaces de Inglaterra, apareciera en estas listas! Pero estarán vacías; nadie se arriesgará a romper una lanza por la inocente, por la desvalida.
—Tanto mejor para ti si resulta ser así —dijo el Preceptor—; si no aparece ningún campeón, no será por causa tuya por la que esta desventurada doncella muera, sino por la sentencia del Gran Maestre, en quien recae toda la culpa, y quien considerará esa culpa como alabanza y elogio.
—Es verdad —dijo Bois-Guilbert—; si no aparece ningún campeón, no soy más que una parte del desfile, montado a caballo en las listas, es cierto, pero sin participar en lo que ha de seguir.
—Ninguna en absoluto —dijo Malvoisin—; no más que la imagen armada de San Jorge cuando forma parte de una procesión.
“Bien, reanudaré mi propósito —respondió el altivo Templario—.
Me ha despreciado—me ha rechazado—me ha injuriado—¿Y por qué he de sacrificar por ella cuanto prestigio tengo ante la opinión de los demás? Malvoisin, apareceré en las listas”.
Salió del apartamento apresuradamente mientras pronunciaba estas palabras, y el Preceptor le siguió, para vigilarle y confirmarle en su resolución; pues en la fama de Bois-Guilbert tenía él mismo un gran interés, esperando mucho provecho de que un día estuviera al frente de la