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XXXI

salón. Mientras tanto, los prisioneros no hallaron dificultad alguna en escapar hacia la antecámara y de allí al patio del castillo, que era ahora el último escenario del combate. Allí estaba sentado el fiero Templario, montado a caballo, rodeado por varios de los defensores, tanto a caballo como a pie, que habían unido sus fuerzas a las de este renombrado líder para asegurar la última oportunidad de salvación y retirada que les quedaba. El puente levadizo había sido bajado por sus órdenes, pero el paso estaba obstruido; pues los arqueros, que hasta entonces solo habían hostigado el castillo por ese lado con sus proyectiles, no bien vieron las llamas brotar y el puente descender, se agolparon en la entrada tanto para impedir la huida de la guarnición como para asegurar su propia parte del botín antes de que el castillo se incendiara. Por otro lado, un grupo de los asaltantes que había entrado por el Postigo salía ahora al patio y atacaba con furia al remanente de los defensores, quienes se veían así agredidos por ambos lados a la vez.

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