—Sois cristianos —dijo el Prior—, ¿y habláis de este modo a un hombre de Iglesia?
—¡Cristianos! ¡Válgame Dios, si lo seremos, y con teología entre nosotros además! —respondió el Forajido—. ¡Que dé un paso al frente nuestro rollizo capellán y le exponga a este reverendo padre los textos que atañen a este asunto!
El Fraile, medio borracho, medio sobrio, se había enfundado un sayal de fraile sobre su sotana verde y, reuniendo ahora los restos de erudición que había adquirido de memoria en días pasados,
—Santo padre —dijo—, Deus faciat salvam benignitatem vestram —Bienvenido seáis al bosque verde.
—¿Qué momería profana es esta? —dijo el Prior—. Amigo, si eres en verdad de la Iglesia, mejor obra sería enseñarme cómo puedo escapar de las manos de estos hombres que estarte haciendo reverencias y muecas aquí como un danzarín de la Morris.
—En verdad, reverendo padre —dijo el fraile—, solo conozco un modo en que podéis escapar. Hoy es el día de san Andrés entre nosotros, estamos recogiendo nuestros diezmos.
—Pero no de la Iglesia, confío, ¿verdad, buen hermano? —dijo el Prior.
—De clérigos y laicos —dijo el fraile—; y por tanto, Sir Prior facite vobis amicos de Mammone iniquitatis—haceros amigos del Mammón de la iniquidad, pues ninguna otra amistad os ha de servir en el apuro.
—En el fondo me encantan los leñadores alegres —dijo el Prior, suavizando el tono—; vamos, no debéis tratarme con demasiada dureza; sé bien de caza, y sé tocar el cuerno con claridad y fuerza, y gritar hasta que cada roble resuene de nuevo; vamos, no debéis tratarme con demasiada dureza.