—¿Qué quieres decir, villano? —respondió el sajón.
—Así es —replicó Wamba—; toma este sayal y este cordón, que son las únicas órdenes que he tenido jamás, y sal tranquilamente del castillo, dejándome tu capa y tu cinto para dar el gran salto en tu lugar.
—¿Dejarte en mi lugar? —dijo Cedric, sorprendido ante la propuesta—; vaya, te colgarían, mi pobre bribón.
—Que hagan lo que les está permitido —dijo Wamba—; confío —sin desdoro de vuestro nacimiento— que el hijo de Mentecato pueda colgar de una cadena con tanta gravedad como la cadena colgaba de su antepasado el concejal.
—Bien, Wamba —respondió Cedric—, por una sola cosa accederé a tu petición. Y es si tú haces el intercambio de ropas con lord Athelstane en lugar de conmigo.
—No, por San Dunstán —respondió Wamba—; poca razón habría en ello. Muy justo es que el hijo del Desatinado sufra para salvar al hijo de Hereward; pero poca sabiduría habría en que muriera en beneficio de alguien cuyos padres fueron ajenos a los suyos.
—Villano —dijo Cedric—, ¡los padres de Athelstane fueron monarcas de Inglaterra!
—Podrían ser quien les pluguiera —respondió Wamba—; pero mi cuello se halla demasiado derecho sobre mis hombros para que me lo tuerzan por amor a ellos. Por tanto, buen señor mío, o acepta usted mi ofrecimiento por sí mismo, o permítame abandonar este calabozo tan libre como entré.
—Que el viejo árbol se marchite —continuó Cedric—, con tal de que se preserve la noble esperanza del bosque. ¡Salva al noble Athelstane, mi fiel Wamba! Es el deber de todo aquel que lleva sangre sajona en las venas. Tú