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XX

gente tan malévola que interprete el refrigerio hospitalario que le he estado ofreciendo a usted, un viajero cansado, durante cosa de tres escasas horas, como pura embriaguez y libertinaje, vicios ambos ajenos a mi profesión y a mi

—¡Bases calumniadores! —respondió el caballero—; pluguiera al cielo que yo tuviera el castigo de ellos. Sin embargo, santo clérigo, es verdad que todos tienen sus enemigos; y los hay en esta misma tierra a quienes preferiría hablar a través de las rejas de mi yelmo antes que a cara descubierta.

—Colócate entonces esa olla de hierro en la cabeza, amigo Holgazán, tan rápidamente como tu naturaleza te lo permita —dijo el ermitaño—, mientras yo retiro estas jarras de estaño, cuyo reciente contenido me zumba extrañamente en la mollera; y para ahogar el estrépito —pues, a la verdad, me siento algo tambaleante—, entona la melodía que me oyes cantar; no importa la letra, apenas si me la sé yo mismo.

Diciendo esto, entonó un atronador de profundis clamavi, al amparo del cual retiró los enseres de su banquete; mientras el caballero, riendo de buena gana y armándose entretanto, ayudaba a su huésped con la voz de vez en cuando, según se lo permitía su hilaridad.

—¿Qué maitines de mil demonios andas buscando a estas horas? —dijo una voz desde afuera.

—¡Que el cielo te perdone, señor viajero! —dijo el ermitaño, a quien su propio ruido, y quizás sus libaciones nocturnas, impedían reconocer unos acentos que le eran bastante familiares—; sigue tu camino, en el nombre de Dios y de san Dunstán, y no turbes las devociones mías y de mi santo hermano.

—¡Cura loco —respondió la voz desde afuera—, ábrele a Locksley!

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