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XLII

Los huéspedes, aunque todavía boquiabiertos de asombro, brindaron por su resucitado terrateniente, quien prosiguió de este modo su relato:⁠—Tenía en verdad ahora muchos más oyentes que aquellos ante quienes lo había comenzado, pues Edith, tras haber dado ciertas órdenes necesarias para arreglar los asuntos dentro del castillo, había seguido al aparecido hasta la habitación del extranjero, acompañada por tantos huéspedes, hombres y mujeres, como cabían en el pequeño cuarto, mientras otros, abarrotese la escalera, captaban una versión errónea de la historia y la transmitían aún más inexactamente a los de abajo, quienes a su vez la difundían entre la plebe de afuera de un modo totalmente irreconciliable con el hecho real. Athelstane, sin embargo, continuó de la siguiente manera con la historia de su fuga:⁠—

—Hallándome libre del grillo, me arrastré escaleras arriba lo mejor que podía un hombre cargado de hierros y demacrado por el ayuno; y tras mucho tantear, al fin fui guiado, por el sonido de una alegre tonada, hacia la estancia donde el digno Sacristán, si os place, estaba celebrando una misa de difuntos con un fraile de sayal gris y capucha, de pobladas cejas y anchos hombros, que se parecía mucho más a un ladrón que a un eclesiástico.

Irrumpí de golpe ante ellos, y el aspecto de mis ropas mortuorias, así como el tintineo de mis cadenas, hacían que me pareciera más a un habitante del otro mundo que de este. Ambos se quedaron atónitos; pero cuando derribé al Sacristán de un puñetazo, el otro tipo, su compañero de copas, me lanzó un golpe con un enorme bastón.

—Este debe ser nuestro fraile Tuck, por el rescate de un conde —dijo Ricardo, mirando a Ivanhoe.

—Demonio puede ser, si tal quiere —dijo Athelstane—. —Por fortuna falló el tiro; y al acercarme yo para trabar lucha con él, puso los pies en polvorosa y echó a correr. No dejé de libertar mis

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