Mas tú, hermano, regresa a mí como si fuera a la casa de tu padre, y tráeme noticias de cómo te ha ido; y abrigo la esperanza de que traerás contigo a Rebeca, la discípula de la sabia Miriam, cuyas curaciones los gentiles difamaron como si hubieran sido obradas por nigromancia.
Isaac se despidió en consecuencia de su amigo, y cerca de una hora de camino lo condujo ante la Preceptura de Templestowe.
Este establecimiento de los templarios estaba enclavado en medio de hermosos prados y pastizales, que la devoción del anterior preceptor había donado a su Orden. Era fuerte y estaba bien fortificado, un detalle que estos caballeros nunca descuidaban y que el desordenado estado de Inglaterra hacía particularmente necesario.
Dos alabarderos, vestidos de negro, custodiaban el puente levadizo, y otros, con la misma lúgubre librea, se deslizaban de aquí para allá por las murallas a paso fúnebre, pareciéndose más a espectros que a soldados. Los oficiales subalternos de la Orden vestían así desde que el uso por su parte de hábitos blancos, similares a los de los caballeros y escuderos, había dado lugar a que ciertos falsos hermanos se conjuraran en las montañas de Palestina, haciéndose llamar templarios y desacreditando en gran manera a la Orden.
De vez en cuando se veía a algún caballero cruzar el patio con su largo manto blanco, la cabeza inclinada sobre el pecho y los brazos cruzados. Si coincidían, se cruzaban con un saludo lento, solemne y mudo, pues tal era la regla de su Orden, citando al respecto los textos sagrados: «En las muchas palabras no faltará pecado», y «La muerte y la vida están en poder de la lengua».
En una palabra, el severo rigor ascético de la disciplina del Temple, que durante tanto tiempo se había cambiado por una indulgencia pródiga y licenciosa, parecía haber resucitado de golpe en Templestowe bajo la severa mirada de Lucas Beaumanoir.