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XXXI

brillante consumidor de palacios, Amplio ondea su estandarte llameante, Rojo, ancho y caliginoso, Sobre la lucha de los valientes: ¡Su gozo está en el entrechoque de espadas y rodelas rotas; Le encanta lamer la sangre siseante mientras brota tibia de la herida! > ¡Todo debe perecer! La espada hiende el yelmo; La fuerte armadura es atravevada por la lanza; El fuego devora la morada de los príncipes, Las máquinas derriban las empalizadas de la batalla. ¡Todo debe perecer! La estirpe de Hengist se ha ido⁠— ¡El nombre de Horsa ya no existe! ¡No os atemoricéis, pues, ante vuestro sino, hijos de la espada! Que vuestras hojas beban sangre como vino; ¡Festejad en el banquete de la carnicería, A la luz de los salones llameantes! ¡Fuertes sean vuestras espadas mientras vuestra sangre esté tibia, Y no tengáis piedad ni temor, Pues la venganza apenas tiene una hora; ¡El fuerte odio mismo habrá de extinguirse!

Las imponentes llamas habían superado ya todo obstáculo y se elevaban hacia el cielo vespertino como una enorme y ardiente almenara, visible a lo ancho y a lo largo en toda la comarca vecina. Torre tras torre se derrumbó con tejados y vigas en llamas, y los combatientes fueron expulsados del patio. Los vencidos, de los cuales quedaban muy pocos, se dispersaron y huyeron hacia el bosque cercano. Los vencedores, reunidos en grandes bandas, contemplaban con asombro, no exento de temor, el fuego en el que sus propias filas y armas brillaban de un rojo oscuro. La figura frenética de la sajona Ulrica se dejó ver durante mucho tiempo en el elevado puesto que había elegido, agitando los brazos con salvaje júbilo, como si reinara como emperatriz sobre el incendio que ella misma

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