Las meditaciones del estadista se vieron interrumpidas en ese momento por la voz del Príncipe desde una habitación interior, que exclamaba: «¡Noble Waldemar Fitzurse!», y, con el sombrero en la mano, el futuro Canciller (pues a tan alta dignidad aspiraba el astuto normando) se apresuró a recibir las órdenes del futuro soberano.
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