—Sir Franklin —respondió el Templario—, mis esclavos sarracenos son auténticos musulmanes y desprecian tanto como cualquier cristiano tener trato con un judío.
—A fe, fe —dijo Wamba—, que no veo yo que los adoradores de Mahoma y Termagante lleven tanta ventaja al pueblo en otro tiempo elegido del Cielo.
—Se sentará contigo, Wamba —dijo Cedric—; el loco y el bribón harán buena pareja.
—El loco —contestó Wamba, levantando los restos de un brazuelo de tocino—, tendrá buen cuidado de erigir un baluarte contra el pícaro.
—Silencio —dijo Cedric—, porque ahí viene.
Presentado sin mayor ceremonia, y avanzando con temor y vacilación, y no pocas reverencias de profunda humildad, un anciano alto y delgado, al que la costumbre de ir encorvado le había hecho perder gran parte de su estatura real, se acercó al extremo inferior de la mesa.
Sus facciones, finas y regulares, con una nariz aguileña y penetrantes ojos negros; su frente alta y arrugada, y su largo cabello y barba grises, habrían sido consideradas hermosas de no haber sido los rasgos de una fisonomía propia de una raza que, durante aquellos oscuros tiempos, era tanto aborrecida por el vulgo crédulo y prejuicioso, como perseguida por la nobleza ávida y rapaz, y que, tal vez debido a ese mismo odio y persecución, había adoptado un carácter nacional en el que había mucho, por decirlo suavemente, mezquino y desagradable.
El vestido del judío, que parecía haber sufrido considerablemente por la tormenta, consistía en una sencilla capa rojiza de muchos pliegues, que cubría una túnica de color púrpura oscuro. Llevaba botas grandes forradas de piel y un cinturón alrededor de la cintura, del cual pendía un pequeño cuchillo, junto con un estuche para