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XLIV

habían sido alterados por la ambición de su hermano, se celebraba entonces en York. Cedric chasqueó la lengua y bufó más de una vez ante el recado, pero no se negó a obedecer. De hecho, el regreso de Ricardo había extinguido toda esperanza que abrigaba de restaurar una dinastía sajona en Inglaterra; pues, por mucho frente que los sajones hubieran podido hacer en caso de una guerra civil, era evidente que nada se podía lograr bajo el dominio indiscutible de Ricardo, tan popular por sus cualidades personales y su fama militar, aunque su administración fuera voluntariamente negligente, ora demasiado indulgente, ora aliada con el despotismo.

Pero, además, no pudo escapar ni siquiera a la reacia observación de Cedric el hecho de que su proyecto de una unión absoluta entre los sajones, mediante el matrimonio de Rowena y Athelstane, se había venido completamente abajo debido al mutuo desacuerdo de ambas partes interesadas. Este era, en verdad, un acontecimiento que, en su ardor por la causa sajona, no habría podido prever, y aun cuando la aversión de ambos se manifestó de manera abierta y clara, apenas podía llegar a creer que dos sajones de ascendencia real pusieran reparos, por motivos personales, a una alianza tan necesaria para el bien público de la nación. Pero no por ello era menos cierto: * Rowena siempre había manifestado su repugnancia hacia Athelstane, y * ahora Athelstane no era menos claro y categórico al proclamar su resolución de no volver a pretender a lady Rowena. Hasta la natural obstinación de Cedric sucumbió ante estos obstáculos, en los que él, permaneciendo en el punto de unión, tenía la

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