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XIII

—¡Que el demonio maldiga a tu abuelo y a toda su parentela! —interrumpió John—, ¡dispara, villano, y dispara lo mejor que sepas, o te irá peor!

Así exhortado, Hubert volvió a ocupar su puesto y, sin descuidar la advertencia que había recibido de su adversario, calculó el margen necesario para una brisa muy ligera que acababa de levantarse, y disparó con tanto éxito que su flecha se clavó en el mismísimo centro de la diana.

—¡A Hubert! ¡A Hubert! —gritaba el populacho, más interesado en un rostro conocido que en un extraño—. ¡En el blanco! ¡En el blanco! ¡Por siempre Hubert!

—No puedes mejorar ese tiro, Locksley —dijo el príncipe con una sonrisa insultante.

—Sin embargo, yo le mellaré la flecha —respondió Locksley.

Y soltando su flecha con un poco más de precaución que antes, esta fue a dar justo sobre la de su competidor, a la que hizo añicos.

Los espectadores estaban tan asombrados por su maravillosa destreza, que ni siquiera pudieron dar rienda suelta a su sorpresa con su bullicio habitual.

«Este debe ser el diablo y no un hombre de carne y hueso», se susurraban los arqueros unos a otros; «jamás se había visto semejante arquería desde que se tendió un arco por primera vez en Britania».

—Y ahora —dijo Locksley—, pediré permiso a vuestra merced para colocar un blanco de los que se usan en las tierras del Norte; y doy la bienvenida a todo valiente ballestero que quiera hacer un disparo para ganarse una sonrisa de la hermosa doncella que más ama.

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