gorro de loco era un casco, y mi cetro de juguete, un bastón de mando. Bien, ya veremos qué provecho sacarán al cambiar a un loco por un hombre sabio. En verdad, temo que perderán en valor lo que ganen en prudencia. Y así pues, adiós, amo, y sé bueno con el pobre Gurth y con su perro Fangs; y deja que mi cresta de gallo cuelgue en el salón de Rotherwood, en recuerdo de que tiré mi vida por mi amo, como un fiel... loco.
La última palabra salió con una especie de doble expresión, entre broma y veras. A Cedric se le saltaron las lágrimas a los ojos.
—¡Tu memoria será preservada —dijo—, mientras la fidelidad y el afecto gocen de honor en la tierra! Pero, a no ser porque confío en hallar los medios de salvar a Rowena, y a ti, Athelstane, y a ti también, mi pobre Wamba, no me habrías vencido en este asunto».
El cambio de vestidos se