dejarse sobornar con la promesa de oro y plata; pero Beaumanoir es de otra calaña: aborrece la sensualidad, desdeña los tesoros y avanza con empeño hacia eso que llaman la corona del martirio. ¡Que el Dios de Jacob se la envíe pronto a él y a todos ellos! Especialmente ha extendido este hombre orgulloso su guante sobre los hijos de Judá, como el santo David sobre Edom, considerando el asesinato de un judío como una ofrenda de tan grato olor como la muerte de un sarraceno. Impías y falsas cosas ha dicho incluso de las virtudes de nuestras medicinas, como si fuesen artificios de Satanás. ¡Que el Señor lo reprenda!
—No obstante —dijo Isaac—, debo presentarme en Templestowe, aunque él ha hecho que su rostro sea semejante a un horno ardiente calentado siete veces.
Él le explicó entonces a Nathan el motivo apremiante de su viaje. El rabino escuchó con interés y manifestó su simpatía a la manera de su pueblo, rasgándose las vestiduras y diciendo: «¡Ay de mi hija!—¡ay de mi hija!—¡Ay de la hermosura de Sión!—¡Ay del cautiverio de Israel!».
—Ves —dijo Isaac— cómo estoy y que no puedo demorarme. Quizá la presencia de este Lucas Beaumanoir, por ser el jefe supremo de entre ellos, aparte a Brian de Bois-Guilbert del mal que medita, y consiga que me entregue a mi amada hija Rebeca.
—Ve tú —dijo Natán Ben Israel—, y sé sabio, pues la sabiduría le valió a Daniel en el foso de los leones al que fue arrojado; y que te vaya bien, aun como tu corazón lo desea. Empero, si puedes, guárdate de la presencia del Gran Maestre, pues inferir cruel afrenta a nuestro pueblo es su deleite matutino y vespertino. Puede ser que, si pudieras hablar con Bois-Guilbert en privado, alcances mejor tu propósito con él; porque dicen que estos malditos nazarenos no son de un mismo parecer en la Preceptoria —¡Que sus consejos sean confundidos y cubiertos de vergüenza!