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XXXVII

se puso en pie ante el Gran Maestre y dijo: «No, mas por el amor de vuestras propias hijas—Ay—, dijo, recapacitando—, ¡vosotros no tenéis hijas!; sin embargo, por el recuerdo de vuestras madres—por el amor de vuestras hermanas y por eldecoro femenino, no permitáis que se me trate de este modo en vuestra presencia; no conviene a una doncella ser despojada por tan burdos mozos. Os obedeceré—añadió, con una expresión de paciente pesar en la voz que casi había ablandado el corazón del propio Beaumanoir—; sois ancianos entre vuestro pueblo y, por vuestra orden, mostraré las facciones de una desdichada doncella».

Retiró su velo y los miró con un rostro en el que la timidez competía con la dignidad.

Su belleza extraordinaria provocó un murmullo de sorpresa, y los caballeros más jóvenes se dijeron unos a otros con la mirada, en mudo entendimiento, que la mejor disculpa de Brian estaba en el poder de sus encantos reales, más que en su supuesta brujería.

Pero Higg, el hijo de Snell, sintió con mayor intensidad el efecto producido al ver el rostro de su bienhechora.

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