—Estás perdonado, Fitzurse —dijo el príncipe con gravedad—; tu propósito ha enmendado tu apresurada imprudencia.—¿Pero a quién tenemos aquí?—¡A De Bracy en persona, por la cruz!—y con extraño atuendo se presenta ante nosotros.
Era en verdad De Bracy—«ensangrentado por las espuelas, rojo de fuego por la velocidad». Su armadura llevaba todas las marcas de la reciente y obstinada refriega, estando rota, desfigurada y manchada de sangre en muchos lugares, y cubierto de arcilla y polvo desde el crestón hasta la espuela. Quitándose el yelmo, lo colocó sobre la mesa y se quedó un momento como para reponerse antes de dar su noticia.
—De Bracy —dijo el príncipe Juan—, ¿qué significa esto?—¡Habla, te lo ordeno!—¿Están los sajones en rebelión?
—Habla, De Bracy —dijo Fitzurse, casi al mismo tiempo que su señor—, solías ser un hombre... ¿Dónde está el Templario?, ¿dónde está Front-de-Boeuf?
—El Templario ha huido —dijo De Bracy—; a Front-de-Boeuf no volveréis a verle jamás. Ha encontrado una tumba roja entre las vigas ardientes de su propio castillo y solo yo he escapado para decíroslo.
—Frías noticias —dijo Waldemar—, para nosotros, aunque hables de fuego y conflagración.
—La peor noticia aún no se ha dicho —respondió De Bracy; y, acercándose al príncipe Juan, pronunció en un tono bajo y enfático—: Ricardo está en Inglaterra; lo he visto y he hablado con él.
El príncipe Juan enmudeció, vaciló y se aferró al respaldo de un banco de roble para sostenerse, muy semejante a un hombre que recibe una flecha en el pecho.
—Desvarías, De Bracy —dijo Fitzurse—, no puede ser.