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XXXIV

—Estás perdonado, Fitzurse —dijo el príncipe con gravedad—; tu propósito ha enmendado tu apresurada imprudencia.⁠—¿Pero a quién tenemos aquí?⁠—¡A De Bracy en persona, por la cruz!⁠—y con extraño atuendo se presenta ante nosotros.

Era en verdad De Bracy—«ensangrentado por las espuelas, rojo de fuego por la velocidad». Su armadura llevaba todas las marcas de la reciente y obstinada refriega, estando rota, desfigurada y manchada de sangre en muchos lugares, y cubierto de arcilla y polvo desde el crestón hasta la espuela. Quitándose el yelmo, lo colocó sobre la mesa y se quedó un momento como para reponerse antes de dar su noticia.

—De Bracy —dijo el príncipe Juan—, ¿qué significa esto?⁠—¡Habla, te lo ordeno!⁠—¿Están los sajones en rebelión?

—Habla, De Bracy —dijo Fitzurse, casi al mismo tiempo que su señor—, solías ser un hombre... ¿Dónde está el Templario?, ¿dónde está Front-de-Boeuf?

—El Templario ha huido —dijo De Bracy—; a Front-de-Boeuf no volveréis a verle jamás. Ha encontrado una tumba roja entre las vigas ardientes de su propio castillo y solo yo he escapado para decíroslo.

—Frías noticias —dijo Waldemar—, para nosotros, aunque hables de fuego y conflagración.

—La peor noticia aún no se ha dicho —respondió De Bracy; y, acercándose al príncipe Juan, pronunció en un tono bajo y enfático—: Ricardo está en Inglaterra; lo he visto y he hablado con él.

El príncipe Juan enmudeció, vaciló y se aferró al respaldo de un banco de roble para sostenerse, muy semejante a un hombre que recibe una flecha en el pecho.

—Desvarías, De Bracy —dijo Fitzurse—, no puede ser.

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