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XLIII

librarías batalla con Wilfredo de Ivanhoe y recuperarías el honor que habías perdido! Por ese relicario y la santa reliquia que contiene, te proclamaré, Templario, cobarde en todas las cortes de Europa —en cada Preceptoría de tu Orden—, a menos que entables combate sin más demora.

Bois-Guilbert volvió su rostro irresoluto hacia Rebecca, y luego exclamó, mirando con fiereza a Ivanhoe: «¡Perro de sajón! ¡Toma tu lanza y prepárate para la muerte que has atraído sobre ti!».

—¿Permite el Gran Maestre que dispute el combate? —dijo Ivanhoe.

—No puedo negar lo que has demandado —dijo el Gran Maestre—, siempre que la doncella te acepte como su campeón. Con todo, quisiera que estuvieras en mejor estado para librar combate. Enemigo de nuestra Orden has sido siempre, mas quisiera que se te hiciese un encuentro honorable.

—Así—así como soy, y no de otro modo —dijo Ivanhoe—; es el juicio de Dios; a sus manos me encomiendo.—Rebecca —dijo, acercándose al sitial fatal—, ¿me aceptas por tu campeón?

—Acepto —dijo ella—, acepto —, estremecida por una emoción que el miedo a la muerte no había podido producir—, te acepto como el campeón que el Cielo me ha enviado. No, sin embargo, no —tus heridas están sin curar—, no te enfrentes a ese hombre orgulloso... ¿por qué habrás de perecer tú también?

Pero Ivanhoe ya estaba en su puesto, había bajado la visera y empuñado la lanza. Bois-Guilbert hizo lo mismo; y su escudero observó, al abrocharle la visera, que el rostro de este, el cual, a pesar de la variedad de emociones que lo habían agitado, había conservado durante toda la mañana una palidez cadavérica, se había vuelto ahora de repente muy encendido.

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