remordimiento. Mi padre satisfará de buen grado tus más caros deseos; y si actúas con sensatez, podrás comprar con nuestro botín tu regreso a la sociedad civil, obtener el perdón por tus errores pasados y librarte de la necesidad de cometer más.
—Bien dicho —respondió el bandolero en francés, hallando probablemente difícil sostener en sajón una conversación que Rebeca había iniciado en dicha lengua—; mas sabe, ¡brillante lirio del valle de Baca!, que tu padre ya está en manos de un poderoso alquimista, que sabe cómo convertir en oro y plata hasta los oxidados barrotes de la reja de una prisión. El venerable Isaac está sometido a un alambique que destilará de él todo cuanto más aprecia, sin necesidad alguna de mis peticiones ni de tus súplicas. El rescate debe pagarse con amor y hermosura, y en ninguna otra moneda lo aceptaré.
“Tú no eres ningún bandido —dijo Rebeca, en el mismo idioma en que él le había hablado—; ningún bandido habría rechazado tales ofertas. Ningún bandido en esta tierra emplea el dialecto en el que has hablado. No eres un bandido, sino un normando; un normando, noble quizás por cuna; ¡oh, sélo también en tus acciones y desójate de esta terrible máscara de ultraje y violencia!”
—Y tú, que sabes adivinar con tanta exactitud —dijo Brian de Bois-Guilbert, bajándose el manto del rostro—, no eres ninguna verdadera hija de Israel, sino, en todo, salvo en la juventud y la hermosura, una auténtica bruja de Endor. No soy un bandido, pues, bella rosa de Sarón. Y soy alguien que estará más dispuesto a colgar de tu cuello y tus brazos perlas y diamantes, que tan bien les sientan, que a privarte de estos adornos.
—¿Qué querrías de mí —dijo Rebeca—, si no es mi riqueza? No podemos tener nada en común; tú eres cristiano, yo judía. Nuestra unión sería contraria a las leyes, tanto de la Iglesia como de la sinagoga.