—El mensajero más apto para mi propósito. Lleva este pergamino al castillo de Felipe de Malvoisin; dile que viene de mi parte, escrito por el Templario Brian de Bois-Guilbert, y que le ruego lo envíe a York con toda la velocidad que hombre y caballo puedan dar. Entretanto, dile que no dude de nada, nos hallará sanos y salvos tras nuestras almenas. ¡Y pensar que nos vemos arrastrados a ocultarnos así por una caterva de renegados, que suelen huir tan solo con ver ondear nuestros pendones y oír el tropel de nuestros corceles! Te digo, sacerdote, urde alguna treta de tu arte para mantener a los bellacos en su sitio hasta que nuestros amigos traigan sus lanzas. Mi venganza está despierta, y es un halcón que no duerme hasta haberse cebado.
—¡Por mi santo patrón —dijo Cedric, con mayor energía de la que convenía a su carácter— y por todos los santos que han vivido y muerto en Inglaterra, vuestras órdenes serán obedecidas! Ni un solo sajón se moverá de ante estos muros, si tengo el arte y la influencia para retenerlos allí.
—¡Ja! —dijo Front-de-Boeuf—, cambias de tono, señor sacerdote, y hablas breve y audazmente, como si tu corazón estuviera en la matanza de la piara sajona; ¿y sin embargo eres tú mismo pariente de los cerdos?
Cedric no era un hábil practicante del arte del disimulo, y en ese momento le habría venido muy bien una pista del cerebro más fértil de Wamba. Pero la necesidad, según el antiguo refrán, agudiza el ingenio, y murmuró algo bajo su capucha acerca de que los hombres en cuestión eran proscritos excomulgados tanto por la iglesia como por el reino.
—Despardieux —respondió Front-de-Boeuf—, has dicho la pura verdad; olvidé que los granujas pueden despojar a un abad cebado tan bien como