—¿Qué queda? —exclamó Ivanhoe—; ¡Gloria, doncella, gloria!, que dora nuestro sepulcro y embalsama nuestro nombre.
—¿Gloria? —continuó Rebeca—; ¡ay, es la cota de malla mohosa que cuelga como un escudo fúnebre sobre la tumba oscura y carcomida del paladín!; ¿es la escultura borrosa de la inscripción que el monje ignorante apenas puede leer al peregrino curioso?; ¿son estas recompensas suficientes para el sacrificio de todo afecto amable, para una vida gastada miserablemente a fin de que hagáis desgraciados a los demás? ¿O hay tal virtud en las rudas rimas de un bardo errante, como para que el amor doméstico, el afecto amable, la paz y la felicidad sean tan insensatamente trocados por convertirse en el héroe de esas baladas que los juglares vagabundos cantan a los groseros borrachos sobre su cerveza vespertina?
«¡Por el alma de Hereward! —replicó el caballero con impaciencia—, hablas, doncella, de lo que no sabes. Apagarías la luz pura de la caballería, que es lo único que distingue al noble del vil, al gentil caballero del villano y del salvaje; que valora nuestra vida muy, muy por debajo de la altura de nuestro honor; que nos alza victoriosos sobre el dolor, la fatiga y el sufrimiento, y nos enseña a no temer más mal que la deshonra.
Tú no eres cristiana, Rebeca; y te son desconocidos esos elevados sentimientos que hinchan el pecho de una noble doncella cuando su amante ha realizado alguna hazaña de valor que justifica su amor.
¡La caballería! —vamos, doncella, ella es la nodriza del afecto puro y elevado; el sostén del oprimido, el reparador de agravios, el freno al poder del tirano—. La nobleza no sería más que un vano nombre sin ella, y la libertad halla la mejor protección en su lanza y en su espada».