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XL

Caballo y jinete fueron a dar al suelo; sin embargo, la situación del Caballero del Grillo continuaba siendo muy precaria, ya que se veía acosado de cerca por varios hombres completamente armados, y comenzaba a fatigarse por los violentos esfuerzos necesarios para defenderse en tantos flancos casi al mismo tiempo, cuando una flecha de ganso gris derribó repentinamente sobre la tierra a uno de sus atacantes más formidables, y una banda de arqueros irrumpió desde el claro, encabezada por Locksley y el jovial Frayle, quienes, tomando parte activa y eficaz en la refriega, se deshicieron pronto de los rufianes, los cuales yacían todos en el lugar muertos o mortalmente heridos.

El Caballero Negro agradeció a sus libertadores con una dignidad que no le habían observado en su comportamiento anterior, el cual hasta entonces había parecido más bien el de un soldado rudo y audaz, que el de una persona de alcurnia.

—Me importa mucho —dijo—, aun antes de expresar mi cumplida gratitud a mis fieles amigos, descubrir, si es posible, quiénes han sido mis gratuitos enemigos. —Ábrele la visera a ese Caballero Azul, Wamba, que parece el cabecilla de estos villanos.

El Bufón se acercó inmediatamente al jefe de los asesinos, quien, magullado por la caída y atrapado bajo el corcel herido, yacía incapaz de huir o de ofrecer resistencia.

—Venid, valeroso caballero —dijo Wamba—; debo ser vuestro armero además de vuestro escudero; os he desmontado, y ahora os quitaré el yelmo.

Así diciendo, con mano no muy suave desató el yelmo del Caballero Azul, el cual, rodando a cierta distancia por la hierba, dejó ver al Caballero del Candado unos cabellos entrecanos y un rostro que no esperaba ver en tales circunstancias.

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