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XVIII

Cedric, para quien el nombre de Alfredo era como el de una deidad, había tratado al único retoño superviviente de aquel gran monarca con un grado de respeto que, tal vez, por entonces difícilmente se le dispensaba a una princesa reconocida. La voluntad de Rowena había sido en casi todos los casos una ley para su casa; y el propio Cedric, como si estuviera decidido a que su soberanía fuera plenamente reconocida al menos dentro de aquel pequeño círculo, parecía enorgullecerse de actuar como el primero de sus súbditos. Formada así en el ejercicio no solo del libre albedrío, sino de una autoridad despótica, Rowena estaba inclinada por su educación previa tanto a resistir como a indignarse ante cualquier intento de coartar sus afectos o disponer de su mano en contra de sus inclinaciones, y a hacer valer su independencia en un caso en el que incluso aquellas mujeres que han sido criadas en la obediencia y la sumisión no pocas veces se muestran propensas a disputar la autoridad de tutores y padres. Las opiniones que sentía con fuerza las declaraba con audacia; y Cedric, que no podía liberarse de su deferencia habitual hacia sus opiniones, se sentía totalmente perdido sobre cómo hacer valer su autoridad de tutor.

En vano intentó él deslumbrarla con la perspectiva de un trono ilusorio. Rowena, que poseía un juicio muy sensato, no consideraba su plan ni practicable ni deseable, en lo que a ella respectaba, aun de haber podido realizarse.

Sin intentar ocultar su abierta preferencia por Wilfredo de Ivanhoe, declaró que, de estar aquel favorecido caballero fuera de discusión, preferiría refugiarse en un convento antes que compartir el trono con Athelstane, a quien, habiéndolo despreciado siempre, ahora comenzaba, debido a los problemas que por su culpa padecía, a detestar por completo.

Sin embargo, Cedric, cuya opinión sobre la constancia de las mujeres distaba mucho de ser firme, persistió en emplear todos los medios a su

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