At eve, within yon studious nook, I ope my brass-embossed book, Portray’d with many a holy deed Of martyrs crown’d with heavenly meed; Then, as my taper waxes dim, Chant, ere I sleep, my measured hymn.
Who but would cast his pomp away, To take my staff and amice grey, And to the world’s tumultuous stage, Prefer the peaceful Hermitage?
No obstante la prescripción del genial ermitaño, con la que su huésped cumplió de buen grado, no le resultó tarea fácil afinar el arpa.
—Me parece, padre santo —dijoÉl—, que al instrumento le falta una cuerda y que las demás han sido algo maltratadas.
—¿Ves eso? —respondió el ermitaño—; eso demuestra que eres un maestro en el arte. El vino y la alegría —añadió, levantando los ojos con gravedad—, ¡todo culpa del vino y la alegría! Le dije a Allan-a-Dale, el joglar del norte, que estropearía el arpa si la tocaba después de la séptima copa, pero no quiso entrar en razones. Amigo, brindo por tu exitosa actuación.
Así diciendo, se quitó la copa con mucha gravedad, al mismo tiempo que negaba con la cabeza ante la intemperancia del arpista escocés.
El caballero, entretanto, había afinado un poco las cuerdas y, tras un breve preludio, preguntó a su anfitrión si prefería un sirventés en lengua de oc, o un laico en lengua de oui, o un virelay, o una balada en inglés vulgar.