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I. Ivanhoe

personales directos de los grandes nobles feudales. Pero reproducir su conversación en el original transmitiría muy poca información al lector moderno, en cuyo beneficio pedimos permiso para ofrecer la siguiente traducción:

—¡Que la maldición de San Withold caiga sobre estos cerdos infernales! —dijo el porquerizo, tras tocar su cuerno estrepitosamente para reunir al rebaño disperso de puercos, los cuales, respondiendo a su llamada con notas igualmente melodiosas, no se dieron embargo, sin embargo, en apartarse del lujoso banquete de bellotas y hayucos con el que se habían cebado, ni en abandonar las pantanosas orillas del arroyo, donde varios de ellos, medio sumergidos en el fango, yacían estirados a su antojo, sin hacer el menor caso de la voz de su amo.

—¡Que la maldición de san Withold caiga sobre ellos y sobre mí! —dijo Gurth—; si el lobo de dos patas no se traga a unos cuantos antes del anochecer, no soy un hombre de verdad. ¡Aquí, Colmillos! ¡Colmillos! —exclamó a todo pulmón llamando a un perro desaliñado y con aspecto de lobo, una especie de lebrel cruzado de mastín y galgo, que corría cojeando como si tuviera la intención de ayudar a su amo a reunir a los tercos gorrinos; pero que, en realidad, ya fuera por malentendido de las señales del porquerizo, por ignorancia de su propio deber o por malicia premeditada, no hacía más que llevarlos de aquí para allá y agravar el mal que parecía destinado a remediar.

—¡Que el diablo le arranque los dientes —dijo Gurth—, y que la madre de la traición confunda al guarda del bosque, que les corta las uñas delanteras a nuestros perros y los deja inservibles para su oficio! Wamba, levántate y ayúdame si eres hombre; da una vuelta por la parte trasera de la colina para pillarles el viento; y cuando tengas barlovento, podrás arriarlos delante de ti tan mansamente como si fueran otros tantos corderitos inocentes!

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