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XXII

—¿Se me concede entonces —dijo Isaac— la libertad únicamente a mí, junto con mi herido amigo?

—¿He de recomendarle dos veces a un hijo de Israel —dijo Front-de-Boeuf— que se ocupe de sus propios asuntos y deje en paz los ajenos? Puesto que ya has hecho tu elección, solo falta que pagues tu rescate, y eso sin demora.

—Sin embargo, escúchame —dijo el judío—, por el bien de esa misma riqueza que quisieras obtener a costa de tu...

Aquí se detuvo en seco, temeroso de irritar al salvaje normando. Pero Front-de-Boeuf se limitó a reír y él mismo completó el espacio en blanco ante el que el judío había dudado.

“A costa de mi conciencia, querrías decir, Isaac; dilo sin rodeos; te digo que soy razonable. Puedo soportar los reproches de un perdedor, incluso cuando ese perdedor es un judío. No fuiste tan paciente, Isaac, cuando invocaste la justicia contra Jacques Fitzdotterel por llamarte sanguijuela usurera, cuando tus extorsiones habían devorado su patrimonio”.

—Juro por el Talmud —dijo el judío—, que vuestro valor ha sido mal informado en este asunto. Fitzdotterel desenvainó su puñal contra mí en mi propia habitación, porque le reclamaba mi propia plata. El plazo de pago vencía en la Pascua.

—No me importa lo que haya hecho —dijo Front-de-Boeuf—; la cuestión es, ¿cuándo tendré lo mío?, ¿cuándo tendré los siclos, Isaac?

—Permitid que mi hija Rebeca parta hacia York —respondió Isaac—, bajo vuestro salvoconducto, noble caballero, y tan pronto como el hombre y el caballo puedan regresar, el tesoro... —Aquí soltó un profundo gemido, pero añadió, tras una pausa de unos pocos segundos—: El tesoro será contado sobre este mismo suelo.

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