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III. Cedric el Sajón

eran, servían de acompañamiento para su cena y para los profundos tragos de cerveza y vino con los que solía acompañarla. A todo esto hay que añadir que Cedric no probaba bocado desde mediodía y su hora habitual de cenar hacía rato que había pasado, motivo de irritación común entre los hidalgos rurales, tanto en los tiempos antiguos como en los modernos. Su descontento se manifestaba en frases entrecortadas, en parte murmuradas para sí mismo, en parte dirigidas a los criados que lo rodeaban; y en particular a su copero, quien le ofrecía de vez en cuando, a modo de sedativo, una copa de plata llena de vino: «¿Por qué tarda la dama Rowena?».

—Tan solo se está cambiando el tocado —respondió una criada con tanta seguridad como la doncella favorita suele responderle al amo de una familia moderna—; ¿no querría usted que se sentara al banquete con su caperuza y su saya? Y ninguna dama del condado es más rápida en ataviarse que mi señora.

Este argumento irrefutable produjo una especie de «¡hum!» de aquiescencia por parte del sajón, con el añadido: «Ojalá su devoción elija buen tiempo para la próxima visita a la iglesia de San Juan;—pero, en nombre de diez demonios», continuó, volviéndose hacia el copero y alzando la voz como si se alegrara de haber encontrado un cauce por el que desviar su indignación sin miedo ni cortapisa—, «¿qué, en nombre de diez demonios, retiene a Gurth tanto tiempo en el campo? Supongo que tendremos malas noticias del hato; solía ser un sirviente fiel y cauto, y le tenía destinadas cosas mejores; acaso le habría hecho incluso uno de mis guardianes».

Oswald, el copero, sugirió modestamente «que apenas había pasado una hora desde el toque de queda»; una disculpa mal elegida, ya que giraba en torno a un tema muy áspero para los oídos sajones.

«¡Que el mal espíritu —exclamó Cedric— se lleve la campana del toque de queda, y al bastardo tiránico que la ideó, y al esclavo desalmado que la

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