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nydus/IvanhoePublic
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XXXVIII

—Ahí lanzo mi guante, para probártelo hasta el límite extremo de la audacia marcial.

Aun el propio Lucas Beaumanoir se vio afectado por el talle y el aspecto de Rebeca. No era originalmente un hombre cruel ni siquiera severo; pero con pasiones por naturaleza frías, y con un elevado, aunque equivocado, sentido del deber, su corazón se había ido endureciendo gradualmente debido a la vida ascética que llevaba, al poder supremo del que disfrutaba y a la supuesta necesidad de someter la infidelidad y erradicar la herejía, que consideraba su particular obligación.

Sus facciones se relajaron de su severidad habitual al contemplar a la hermosa criatura ante él, sola, sin amigos, y defendiéndose con tanto brío y valor. Se santigüó dos veces, dudando de dónde surgía el ablandamiento insólito de un corazón que en tales ocasiones solía asemejarse en dureza al acero de su espada. Al fin habló.

—Doncella —dijo—, si la piedad que siento por ti surge de algún sortilegio que tus artes malignas hayan ejercido sobre mí, grande es tu culpa. Pero más bien lo juzgo como el tierno sentimiento de la naturaleza, que se lamenta de que una figura tan hermosa sea vasija de perdición. Arrepiéntete, hija mía; confiesa tus brujerías; apártate de tu mala fe; abraza este santo emblema, y todo irá bien contigo aquí y en el más allá. En alguna hermandad de la más estricta orden tendrás tiempo para la oración y la penitencia adecuada, y para ese arrepentimiento del que no habrás de arrepentirte. Haz esto y vive; ¿qué ha hecho por ti la ley de Moisés para que debas morir por ella?

—Fue la ley de mis padres —dijo Rebeca—; fue entregada entre truenos y tempestades sobre el monte Sinaí, entre nubes y fuego. Esto, si sois

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