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XVI

furia que los postes y los pestillos temblaron violentamente.

El anacoreta, sin desear volver a exponer su puerta a un golpe semejante, gritó entonces en voz alta: «Paciencia, paciencia; ahorra tus fuerzas, buen viajero, y enseguida abriré la puerta, aunque, tal vez, el hacerlo sea poco de tu agrado».

La puerta, en consecuencia, fue abierta; y el ermitaño, un hombre de gran corpulencia y complexión fuerte, con su túnica y capucha de sayal, ceñidas con una cuerda de juncos, se presentó ante el caballero.

Llevaba en una mano una antorcha encendida, o hachón, y en la otra una porra de manzano silvestre, tan gruesa y pesada que bien podría llamarse maza. Dos perros grandes y lanudos, mitad lebreles y mitad mastines, se mantuvieron listos para abalanzarse sobre el viajero tan pronto como se abriera la puerta.

Pero cuando la luz de la antorcha resplandeció sobre el elevado yelmo y las espuelas de oro del caballero, que estaba de pie en el exterior, el ermitaño, cambiando probablemente sus primeras intenciones, reprimió la furia de sus auxiliares y, mudando su tono en una especie de descortés cortesía, invitó al caballero a entrar en su cabaña, excusando su desgana por abrir su refugio después de la puesta del sol aduciendo la multitud de ladrones y forajidos que andaban sueltos, y que no guardaban respeto ni a Nuestra Señora ni a San Dunstan, ni a aquellos hombres santos que pasaban la vida en su servicio.

—La pobreza de vuestra celda, buen padre —dijo el caballero, mirando a su alrededor y sin ver otra cosa que un lecho de hojas, un crucifijo toscamente tallado en roble, un misal, una mesa toscamente labrada con dos taburetes y uno o dos muebles rudimentarios—, la pobreza de vuestra celda debería parecer una defensa suficiente contra cualquier riesgo de ladrones, por no hablar del auxilio de dos perros fieles, grandes y fuertes creo que para derribar a un ciervo y, por supuesto, para medirse con la mayoría de los hombres.

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