Entre tanto, el Campeón Negro y su guía marchaban con total tranquilidad por los recovecos del bosque; el buen Caballero tarareaba a ratos para sí la tonada de algún trovador enamorado, alentando a veces con preguntas la locuacidad de su acompañante, de modo que su diálogo formaba una caprichosa mezcla de canción y broma, de la cual quisiéramos dar a nuestros lectores alguna idea. Debéis imaginaros entonces a este Caballero, tal como ya lo hemos descrito, de complexión fuerte, alto, de hombros anchos y osamenta robusta, montado en su poderoso corcel negro, que parecía hecho a propósito para soportar su peso, con tanta facilidad avanzaba al paso bajo él, llevando la visera de su casco levantada para respirar con libertad, aunque conservando la babera, o parte inferior, cerrada, de modo que sus facciones apenas podían distinguirse vagamente. Pero se veían claramente sus pómulos tostados y curtidos, y los grandes y brillantes ojos azules que destellaban bajo la oscura sombra de la visera levantada; y todo el continente y la mirada del campeón expresaban una alegría despreocupada y una confianza intrépida: un espíritu poco propenso a temer el peligro y presto a desafiarlo cuando más inminente fuera, aunque para él el peligro era un pensamiento familiar, como corresponde a alguien cuyo oficio eran la guerra y la aventura.
El Bufón vestía su habitual traje estrafalario, pero recientes acontecimientos lo habían llevado a adoptar un buen alfanje de cortante filo, en lugar de su espada de madera, con una rodela a juego; de ambas armas, a pesar de su profesión, se había mostrado un hábil maestro durante el asalto de Torquilstone. En verdad, la debilidad del cerebro de Wamba consistía principalmente en una especie de irritabilidad impaciente, que no le permitía permanecer mucho tiempo tranquilo en ninguna postura, ni adherirse a ningún curso fijo de ideas, aunque