Junto al porquerizo, pues tal era la ocupación de Gurth, estaba sentado, sobre uno de los caídos monumentos druídicos, un individuo que aparentaba unos diez años menos, y cuya vestimenta, aunque de forma parecida a la de su compañero, era de mejores materiales y de aspecto más pintoresco.
Su casaca había sido teñida de un brillante tono púrpura, sobre el cual se había intentado pintar adornos grotescos en distintos colores. A la casaca añadía una capa corta, que apenas le llegaba a la mitad del muslo; era de paño carmesí, aunque bastante manchada, forrada de amarillo brillante; y como podía pasarla de un hombro a otro, o a su antojo envolverse en ella por completo, su anchura, en contraste con su falta de longitud, formaba una pieza de indumentaria caprichosa.
Llevaba delgadas ajorcas de plata en los brazos, y en el cuello un collar del mismo metal con la inscripción: «Wamba, hijo de Necio, es el siervo de Cedric de Rotherwood».
Este personaje llevaba el mismo tipo de sandalias que su compañero, pero en lugar del rollo de correas de cuero, sus piernas estaban cubiertas por una especie de polainas, de las cuales una era roja y la otra amarilla.
Se le proveyó también con un gorro que llevaba alrededor más de un cascabel, del tamaño de los que se ataban a los halcones, los cuales tintineaban al volver él la cabeza hacia uno u otro lado; y como rara vez permanecía un minuto en la misma postura, el sonido podía considerarse incesante. Alrededor del borde de este gorro había una rígida diadema de cuero, recortada en la parte superior con labor calada, semejando una coroneta, mientras que una bolsa alargada nacía desde su interior y caía sobre un hombro como un gorro de dormir a la antigua, o una bolsa de jalea, o el tocado de un húsar moderno.