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XVI

miserable pecador que soy, según mi voto, debería haber rezado antes de la salida de la luna.

“¡El camino, el camino! —vociferó el caballero—, dame indicaciones para el camino, ya que no he de esperar más de ti”.

—El camino —respondió el ermitaño— es fácil de encontrar. La senda del bosque lleva a un cenagal, y de ahí a un vado que, como las lluvias han remitido, ahora puede ser transable. Una vez que hayas cruzado el vado, cuidarás por dónde pisas al subir por la orilla izquierda, pues es algo escarpada; y el sendero, que pende sobre el río, según tengo entendido (pues rara vez abandono los deberes de mi capilla), se ha venido abajo últimamente en varios lugares. Seguirás entonces derecho...

—¡Un camino roto, un precipicio, un vado y un lodazal! —dijo el caballero interrumpiéndole—; señor ermitaño, por muy santo que hayáis sido jamás de barba o rosario, difícilmente me convenceréis de que tome este camino esta noche. Os digo que vos, que vivís de la caridad de la comarca —inmerecida, según sospecho—, no tenéis derecho a negar albergue al viajero en desgracia. O abrís la puerta pronto o, por la cruz, la echaré abajo y entraré por la fuerza.

—Amigo caminante —respondió el ermitaño—, no seas importuno; si me obligas a usar la carnéfeca arma en mi propia defensa, tanto peor será para ti.

En este momento, un ruido distante de ladridos y gruñidos, que el viajero llevaba oyendo un buen rato, se volvió extremadamente fuerte y furioso, y le hizo suponer al caballero que el ermitaño, alarmado por su amenaza de entrar por la fuerza, había llamado en su defensa, para que lo ayudaran, a los perros que armaban tal alboroto, sacándolos de algún recovecho interior donde los tenía encerrados. Incendiado por los preparativos del ermitaño para cumplir con su propósito inhospitalario, el caballero golpeó la puerta con el pie con tanta

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