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I. Ivanhoe

El poder había quedado por completo en manos de la nobleza normanda a raíz de los acontecimientos de la batalla de Hastings, y había sido empleado, como nos aseguran nuestras historias, sin ninguna moderación.

Toda la estirpe de príncipes y nobles sajones había sido extirpada o desheredada, con pocas o ninguna excepción; ni tampoco eran muchos los que poseían tierras en el país de sus padres, ni siquiera como propietarios de segunda clase o de rangos aún inferiores.

La política real había consistido durante mucho tiempo en debilitar por todos los medios, legales o ilegales, la fuerza de una parte de la población que era justamente considerada como abrigadora de la más inveterada antipatía hacia sus vencedores.

Todos los monarcas de la estirpe normanda habían mostrado la más marcada predilección por sus súbditos normandos; las leyes de caza, y muchas otras igualmente desconocidas para el espíritu más benigno y libre de la constitución sajona, habían sido impuestas sobre los cuellos de los habitantes subyugados, para añadir peso, por así decirlo, a las cadenas feudales con las que estaban cargados.

En la corte, y en los castillos de los grandes nobles, donde se emulaba la pompa y el boato de una corte, el francés normando era el único idioma empleado; en los tribunales de justicia, los alegatos y las sentencias se pronunciaban en la misma lengua.

En resumen, el francés era el idioma del honor, de la caballería y aun de la justicia, mientras que el anglosajón, mucho más viril y expresivo, quedó abandonado al uso de los rústicos y los siervos, que no conocían otro.

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