—No pienses —dijo el Templario— que te he expuesto de tal manera; te habría defendido de semejante peligro con mi propio pecho, tan libremente como jamás lo expuse a las saetas que de otro modo habrían alcanzado tu vida.
—Si tu propósito hubiese sido la honrosa protección de los inocentes —dijo Rebeca—, te habría agradecido tus cuidados; tal como están las cosas, has reclamado tanto mérito por ello, que te digo que la vida no vale nada para mí, si se conserva al precio que querrías exigir por ella.
—Tregua con tus recriminaciones, Rebeca —dijo el Templario—; tengo mi propia causa de dolor y no soporto que tus reproches se añadan a ella.
—¿Cuál es tu propósito, pues, señor caballero? —dijo la judía—; dilo brevemente. Si tienes algo que hacer, aparte de presenciar la miseria que has causado, házmelo saber; y luego, si así te place, déjame a solas conmigo misma; el paso entre el tiempo y la eternidad es corto pero terrible, y me quedan pocos momentos para prepararme para él.
—Comprendo, Rebeca —dijo Bois-Guilbert—, que sigues abrumándome con la acusación de unas desgracias que con el mayor gusto habría evitado.
—Señor caballero —dijo Rebeca—, quisiera evitar los reproches; mas ¿qué hay más cierto que el hecho de que debo mi muerte a tu desenfrenada pasión?
—Os equivocáis—os equivocáis—dijo el Templario con presteza—, si achacáis a mi propósito o a mi intervención lo que no pude ni prever ni evitar.—¿Podía yo adivinar la inesperada llegada de ese viejo decrepito, a quien unos destellos de frenético valor, y las alabanzas concedidas por los necios a los estúpidos tormentos que un asceta se inflige a sí mismo, han elevado por el momento por encima de sus propios méritos, por encima del sentido común, por encima de mí y por encima de los cientos de