—Lo que un hombre de carne y hueso pueda —respondió Athelstane—, siempre que sea lo que un hombre de honor deba. Despáchame en libertad, con mis compañeros, y pagaré un rescate de mil marcos.
—Y además, ¿nos garantizarás la retirada de esa escoria de la humanidad que pulula alrededor del castillo, en contra de la paz de Dios y la del rey? —dijo Front-de-Boeuf.
—En la medida de lo posible —respondió Athelstane—, los retiraré; y no temo que mi padre Cedric haga todo lo posible por ayudarme.
—Estamos de acuerdo entonces —dijo Front-de-Boeuf—, tú y los vuestros vais a ser puestos en libertad, y habrá paz por ambas partes, mediante el pago de mil marcos. Es un rescate insignificante, sajón, y deberás mostrar gratitud a la moderación que lo acepta a cambio de vuestras personas. Pero ten en cuenta que esto no se extiende al judío Isaac.
—Tampoco a la hija del judío Isaac —dijo el Templario, que se había unido a ellos.
—Ninguno de los dos —dijo Front-de-Boeuf— pertenece a la compaña de este sajón.
—Indigno sería de llamarme cristiano si tal hicieran —replicó Athelstane—; tratad a los infieles como os plazca.
—Tampoco incluye el rescate a la Dama Rowena —dijo De Bracy—. Jamás se dirá que me asusté y renuncié a un buen botín sin dar un solo golpe por él.
—Ninguno —dijo Front-de-Boeuf— se refiere a este desgraciado bufón, a quien retengo para que sirva de escarmiento a todo bribón que toma la broma en serio.