Pero en realidad no tenía celos, solo que, de vez en cuando, al mirarse al espejo, sentía un poco de resentimiento por haber envejecido, tal vez, por culpa suya. (La factura del invernadero y todo lo demás). Les agradecía que se riesen de él («¿Cuántas pipas se ha fumado hoy, señor Ramsay?», y cosas así), hasta el punto de que parecía un joven; un hombre muy atractivo para las mujeres, sin agobios, sin el peso de la grandeza de sus trabajos, ni de las penas del mundo, ni de su fama o de su fracaso, sino tal como ella lo había conocido la primera vez, desgarbado pero galante; ayudándola a salir de una barca, recordaba; con modales encantadores, así (lo miró, y él tenía un aspecto increíblemente joven, gastándole bromas a Minta). Por su parte —«Déjalo ahí», dijo, ayudando a la muchacha suiza a colocar con cuidado delante de ella la enorme cazuela de barro marrón que contenía el Bœuf en Daube—, por su parte, le gustaban sus tontainas. Paul tenía que sentarse a su lado. Le había guardado un sitio. La verdad es que, a veces, pensaba que los tontainas eran los que más le gustaban. No la molestaban a una con sus disertaciones. ¡Cuánto se perdían, al fin y al cabo, estos hombres tan listos! ¡Qué resecos llegaban a ponerse, desde luego! Había algo —pensó mientras él se sentaba— muy encantador en Paul. Sus modales le resultaban deliciosos, así como su nariz afilada y sus brillantes ojos azules. Era tan considerado. ¿Podría contarle —ahora que todos volvían a hablar— qué había pasado?
—Fuimos a buscar el broche de Minta —dijo, sentándose a su lado. «Fuimos»: bastaba con eso. Ella supo por el esfuerzo, por la elevación de su voz para sortear una palabra difícil, que era la primera vez que decía «fuimos». «Fuimos» aquí, «fuimos» allá. Lo dirán toda la vida, pensó, y un exquisito aroma a aceitunas, a aceite y a jugo brotó de la gran fuente morena cuando Marthe, con un pequeño ademán, retiró la tapa. La cocinera se había pasado tres días preparando aquel plato. Y debía tener mucho cuidado, pensó la señora Ramsay, adentrándose en la masa blanda, para elegir un trozo especialmente tierno para William Bankes. Y escudriñó la fuente, con sus paredes brillantes y su revoltijo de sabrosas carnes pardas y amarillas, con sus hojas de laurel y su vino, y pensó: Esto