zarza lo cegaba, pero no iba a permitirse ser vencido por eso; seguía adelante, pasando página tras página.
Y ella siguió contándose a sí misma una historia sobre cómo huía de un barco que se hundía, pues ella estaba a salvo, mientras él se sentaba allí; a salvo, como se sentía ella misma cuando entraba furtivamente del jardín, cogía un libro y el anciano, bajando de repente el periódico, decía algo muy breve por encima de este sobre el carácter de Napoleón.
Volvió la mirada hacia el mar, hacia la isla. Pero la hoja iba perdiendo nitidez. Era muy pequeña; estaba muy distante.
El mar era ahora más importante que la orilla. Las olas los rodeaban por todas partes, agitándose y hundiéndose, con un leño que se arrojaba pesadamente por una ola; una gaviota cabalgando sobre otra.
Por aquí, pensó, chapoteando con los dedos en el agua, se había hundido un barco, y murmuró, con modorra, medio dormida, cómo perecimos, cada uno en su soledad.