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nydus/To the LighthousePublic
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VII

Dondequiera que estuviese, pintando, aquí, en el campo, o en Londres, la visión le sobrevenía, y sus ojos, entrecerrados, buscaban en qué basar su visión.

Miraba a lo largo del vagón de tren, del ómnibus; tomaba una línea de un hombro o de una mejilla; miraba hacia las ventanas de enfrente; hacia Piccadilly, sembrado de faroles al atardecer.

Todo había sido parte de los campos de muerte.

Pero siempre algo —podía ser un rostro, una voz, un vendedor de periódicos pregonando el Standard, el News— se abría paso, la cohibía, la despertaba, exigía y obtenía al fin un esfuerzo de atención, de modo que la visión debía ser rehecha perpetuamente.

De nuevo, movida como estaba por alguna necesidad instintiva de distancia y azul, miró la bahía bajo ella, convirtiendo en montículos las franjas azules de las olas, y en campos pedregosos los espacios más púrpura.

De nuevo se vio sacudida, como de costumbre, por algo incongruente. Había una mancha marrón en medio de la bahía. Era una barca. Sí, se dio cuenta de eso al cabo de un segundo. Pero ¿de quién era la barca?

La barca del señor Ramsay, se respondió. El señor Ramsay; el hombre que había desfilado ante ella, con la mano en alto, distante, a la cabeza de una procesión, con sus hermosas botas, pidiéndole una compasión que ella le había negado.

La barca iba ya a mitad de camino de la bahía.

Tan hermosa era la mañana, salvo por una racha de viento aquí y allá, que el mar y el cielo parecían de una sola tela, como si hubiera velas pegadas alto en el cielo, o las nubes hubieran caído al mar.

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