señora Ramsay»—no, pensó, uno no le podía decir nada a nadie. La urgencia del momento siempre erraba el blanco. Las palabras aleteaban de costado y golpeaban el objeto pulgadas demasiado abajo. Entonces uno se rendía; entonces la idea volvía a hundirse; entonces uno se volvía como la mayoría de la gente de mediana edad, cauteloso, furtivo, con arrugas entre los ojos y una expresión de perpetua aprehensión.
Pues ¿cómo expresar con palabras estas emociones del cuerpo? ¿Cómo expresar aquel vacío? (Estaba mirando los peldaños del salón; le parecieron extraordinariamente vacíos).
Era el cuerpo el que sentía, no la mente. Las sensaciones físicas que acompañaban a la mera vista de los peldaños se habían vuelto de repente sumamente desagradables.
Desear y no tener enviaba por todo su cuerpo una dureza, una oquedad, una tensión. Y luego desear y no tener —desear y desear—, ¡cómo le retorcía el corazón, y se lo retorcía una y otra vez!
¡Oh, señora Ramsay!, exclamaba en silencio, dirigiéndose a aquella esencia que estaba sentada junto al bote, a ese abstracto hecho de ella, a esa mujer de gris, como para insultarla por haberse ido y luego, habiéndose ido, haber regresado otra vez.
Había parecido tan seguro pensar en ella. Fantasma, aire, nada, algo con lo que se podía jugar con facilidad y seguridad a cualquier hora del día o de la noche, eso había sido ella, y de pronto extendía la mano y le retorció el corazón de este modo.
De repente, los escalones vacíos del salón, el volante de la silla en el interior, el cachorro dando tumbos en la terraza, toda la ondulación y el murmullo del jardín se volvieron como curvas y arabescos floreciendo alrededor de un centro de absoluta vacuidad.