mujeres no saben escribir, que las mujeres no saben pintar, no tanto porque lo creyera, ¿sino porque por alguna extraña razón lo deseaba? Allí estaba él, flaco, rojo y estridente, predicando el amor desde una tribuna (había hormigas paseándose entre los llantenes que ella apartaba con su pincel: hormigas rojas, enérgicas, bastante parecidas a Charles Tansley). Lo había mirado irónicamente desde su asiento en el salón medio vacío, bombeando amor hacia aquel espacio gélido, y de repente, allí estaba el viejo tonel o lo que fuera flotando arriba y abajo entre las olas y la señora Ramsay buscando su estuches de gafas entre los guijarros. «¡Ay, Dios! ¡Qué molestia! Perdidas otra vez. No se moleste, señor Tansley. Pierdo miles todos los veranos», ante lo cual él apretaba la barbilla contra el cuello de la camisa, como si temiera consentir tal exageración, pero se lo podía permitir a ella, a quien quería, y sonreía con mucho encanto. Debía de haberse confiado a ella en una de esas largas excursiones en las que la gente se separaba y regresaba sola caminando. Estaba educando a su hermanita, le había dicho la señora Ramsay. Le honraba enormemente. Su propia idea de él era grotesca, bien lo sabía Lily, removiendo los llantenes con el pincel. La mitad de las nociones que uno tiene de los demás eran, al fin y al cabo, grotescas. Servían para propósitos personales de uno mismo. Él le servía de chivo expiatorio. Se descubría flagelando sus flancos flacos cuando estaba de mal humor. Si quería tomárselo en serio, tenía que echar mano de los dichos de la señora Ramsay, mirarlo a través de los ojos de ella.
Ella levantó una pequeña montaña para que las hormigas la escalaran. Las redujo a un frenesí de indecisión con esta interferencia en su cosmogonía. Unas corrían hacia este lado, otras hacia aquel.
Uno quería cincuenta pares de ojos con los que mirar, reflexionó. Cincuenta pares de ojos no bastaban para rodear a esa sola mujer, pensó. Entre ellos, debía de haber uno que fuera ciego de remate a su belleza.