William Bankes (que estaba totalmente libre de toda vanidad de ese tipo) se echó a reír y dijo que no le concedía ninguna importancia a los cambios en la moda. ¿Quién podía saber qué iba a durar, en la literatura o en cualquier otra cosa?
—Disfrutemos de lo que disfrutamos —dijo.
Su integridad le pareció a la señora Ramsay verdaderamente admirable. Jamás parecía pensar ni por un segundo: Pero ¿cómo me afecta esto a mí?
Pero claro, si uno tenía el otro temperamento, que necesita elogios, que necesita aliento, naturalmente empezaba (y ella sabía que el señor Ramsay estaba empezando) a sentirse inquieto; a querer que alguien dijera: Vaya, pero su obra perdurará, señor Ramsay, o algo por el estilo.
Ahora mostraba su inquietud con bastante claridad al decir, con cierta irritación, que, de cualquier modo, Scott (¿o era Shakespeare?) le duraría toda la vida. Lo dijo con irritación.
Todo el mundo, pensó ella, se sentía un poco incómodo, sin saber por qué.
Entonces Minta Doyle, cuyo instinto era fino, dijo de buenas a primeras, absurdamente, que no creía que a nadie le gustara realmente leer a Shakespeare.
El señor Ramsay dijo con gesto sombrío (pero su mente volvía a estar ausente) que a muy poca gente le gustaba tanto como decían. Pero, añadió, algunas de las obras tienen considerable mérito a pesar de todo, y la señora Ramsay vio que por el momento al menos todo iría bien; él se reiría de Minta, y ella, según vio la señora Ramsay, dándose cuenta de la extrema inquietud que él tenía consigo mismo, se encargaría a su manera de que lo atendieran y lo alabarina de un modo u otro.
Pero ojalá no fuera necesario; tal vez fuera culpa suya que fuera necesario.