Sí, ése es su bote, decidió Lily Briscoe, de pie en la orilla del césped.
Era el bote de velas de un tono marrón grisáceo, que vio ahora aplanarse sobre el agua y salir disparado a través de la bahía.
Allí está sentado, pensó, y los niños todavía guardan completo silencio. Y tampoco ella podía alcanzarlo. La compasión que no le había brindado la abrumaba. Le dificultaba pintar.
Siempre le había parecido difícil. Nunca había sido capaz de elogiarlo en su propia cara, recordaba. Y eso reducía la relación de ambos a algo neutral, sin ese elemento de sexo que hacía que los modales de él con Minta fueran tan galantes, casi alegres.
Le cogía una flor, le entregaba sus libros. ¿Pero podía creer que Minta los leía? Los arrastraba por el jardín, metiendo hojas para marcar la página.
—¿Se acuerda, señor Carmichael? —estuvo a punto de preguntarle, mirando al viejo. Pero él se había bajado el sombrero hasta la mitad de la frente; estaba dormido, o estaba soñando, o estaba allí tendido cazando palabras, se figuraba ella.
—¿Te acuerdas? —sintió la tentación de preguntarle al pasar junto a él, pensando de nuevo en la señora Ramsay en la playa; el barril flotando arriba y abajo; y las páginas volando. ¿Por qué, después de todos estos años, había sobrevivido eso, circundado, iluminado, visible hasta el último detalle, con todo lo anterior en blanco y todo lo posterior en blanco, por millas y millas?
“¿Es un barco? ¿Es un corcho?”, decía, repetía Lily, volviéndose, de nuevo a regañadientes, hacia su lienzo.