Por supuesto, se dijo a sí misma al entrar en la habitación, tenía que venir aquí para buscar algo que quería.
Primero quería sentarse en una silla determinada bajo una lámpara determinada. Pero quería algo más, aunque no sabía, no alcanzaba a pensar qué era lo que quería.
Ella miró a su marido (cogiendo su media y empezando a hacer punto), y vio que no quería que lo interrumpiesen: eso era evidente. Estaba leyendo algo que lo conmovía mucho. Sonreía a medias y entonces ella supo que estaba reprimiendo su emoción. Pasaba las páginas con impaciencia. Estaba actuando—tal vez se creía el personaje del libro. Se preguntó qué libro sería. Ah, era uno del viejo Sir Walter, vio, ajustando la pantalla de su lámpara para que la luz cayera sobre su labor de punto.
Porque Charles Tansley había estado diciendo (ella levantó la vista como si esperara oír el estrépito de los libros en el piso de arriba), había estado diciendo que ya nadie lee a Scott.
Entonces su esposo pensó: «Eso es lo que dirán de mí»; así que fue y cogió uno de esos libros.
Y si llegaba a la conclusión de que era verdad lo que decía Charles Tansley, lo aceptaría tratándose de Scott. (Ella podía ver que él estaba sopesando, considerando, juntando esto con aquello mientras leía.)
Pero no en cuanto a sí mismo. Él siempre estaba inquieto por sí mismo. Eso la preocupaba. Siempre se estipularía preocupando por sus propios libros: ¿serán leídos, son buenos, por qué no son mejores, qué piensa la gente de mí?