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nydus/To the LighthousePublic
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IV

vez en cuando allí sentado con las piernas cruzadas, frunciendo el ceño y desasosegado, chasqueando la lengua y refunfuñando y murmurando cosas para sus adentros, y esperando impacientemente a que soplara la brisa. Y esperaban que estuviera en calma. Esperaban que se frustraran sus planes. Esperaban que toda la expedición fracasara y tuvieran que regresar, con sus paquetes, a la playa.

Pero ahora, cuando el muchacho de Macalister hubo avanzado un poco remando, las velas giraron lentamente, la barca cobró impulso, se aplanó y salió disparada.

Al instante, como si se hubiera aliviado una gran tensión, el señor Ramsay estiró las piernas, sacó su bolsa de tabaco, se la tendió con un pequeño gúnido a Macalister y se sintió, bien lo sabían, a pesar de todo lo que sufrían, perfectamente contento.

Ahora navegarían así durante horas, y el señor Ramsay le haría una pregunta al viejo Macalister —probablemente sobre el gran temporal del invierno pasado— y el viejo Macalister se la respondería, y fumarían sus pipas juntos, y Macalister tomaría un cabo embreado entre los dedos, haciendo o deshaciendo algún nudo, y el muchacho pescaría, sin decirle una sola palabra a nadie.

James se vería obligado a vigilar la vela todo el tiempo. Pues si se olvidaba, la vela se arrugaba y temblaba, y el bote perdía velocidad, y el señor Ramsay diría bruscamente: «¡Cuidado! ¡Cuidado!», y el viejo Macalister se giraría lentamente en su asiento.

De modo que oyeron al señor Ramsay hacer alguna pregunta sobre el gran temporal de Navidad. «Viene doblando la punta», dijo el viejo Macalister, describiendo el gran temporal de las navidades pasadas, cuando once barcos se habían metido en la bahía en busca de refugio, y él había visto «uno allí, otro allí, otro allí» (señaló lentamente alrededor de la bahía. El señor Ramsay le siguió, girando la cabeza). Había visto a tres

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