Levantándose, se quedó junto a la ventana con la media de color castaño rojizo en las manos, en parte para apartarse de él, en parte porque ahora no le importaba mirar, con él observando, el Faro. Pues sabía que él había vuelto la cabeza al volverse ella; la estaba observando. Sabía que él estaba pensando: Eres más hermosa que nunca. Y se sintió a sí misma muy hermosa.
¿No vas a decirme por una sola vez que me quieres?
Él estaba pensando eso, pues estaba conmovido, entre Minta y su libro, y por ser el final del día y haber estado peleando acerca de ir al Faro. Pero ella no podía hacerlo; no podía decirlo.
Entonces, sabiendo que él la estaba mirando, en vez de decir nada se dio la vuelta, sosteniendo su media, y lo miró. Y mientras lo miraba empezó a sonreír, porque aunque no había dicho una sola palabra, él sabía, claro que sabía, que ella lo quería. No podía negarlo. Y sonriendo miró por la ventana y dijo (pensando para sus adentros, Nada en la tierra puede igualar esta felicidad)—
“Sí, tenías razón. Mañana va a estar mojado”.
Ella no lo había dicho, pero él lo sabía. Y ella lo miró sonriendo. Pues había triunfado de nuevo.