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nydus/To the LighthousePublic
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III

Así que se han ido, pensó, suspirando con alivio y desilusión. Su compasión pareció volvérsele en contra como el latigazo de una zarza. Se sentía extrañamente dividida, como si una parte de ella hubiera sido arrastrada allá fuera —era un día tranquilo, neblinoso; el Faro parecía esta mañana a una distancia inmensa— y la otra se hubiera plantado con terquedad, sólidamente, aquí en el césped.

Vio su lienzo como si hubiera flotado y se hubiera colocado, blanco e implacable, directamente ante ella. Parecía reprocharle con su mirada fría tanta prisa y agitación; tanta insensatez y despilfarro de emoción; la llamó drásticamente al orden y extendió por su mente primero una paz, a medida que sus sensaciones desordenadas (él se había ido y ella lo había sentido tanto y no le había dicho nada) se retiraban del campo; y luego, el vacío.

Miró fijamente el lienzo, con su mirada blanca e intransigente; del lienzo al jardín.

Había algo (se quedó entrecerrando sus ojitos chinos en su carita arrugada), algo que recordaba en las relaciones de esas líneas que se cruzaban, que cortaban hacia abajo, y en la masa del seto con su cueva verde de azules y marrones, que se había quedado en su mente; que le había hecho un nudo en la cabeza de modo que a ratos perdidos, involuntariamente, mientras caminaba por Brompton Road, mientras se cepillaba el pelo, se descubría pintando aquel cuadro, pasando los ojos por encima y deshaciendo el nudo en su imaginación.

Pero había un abismo entre planear con ligereza lejos del lienzo, y tomar en realidad el pincel y hacer la primera marca.

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